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Un paso adelante

La quinta de Guastini en Abbott: el destino final de los restos del financista Díaz y el narco «Papo» Mejía

La quinta de Diego Guastini en Abbott

La quinta de Diego Guastini en Abbott. Crédito: Encripdata.

Aquella tarde estuvieron casi todos: Juanito, Luciano, Quique, «Mandril», «Maradona», «Mudo», «Palermo», y, por supuesto, el anfitrión: Diego Xavier Guastini, alias «Mangangá» por lo molesto o «Dolarín» por su oficio de cuevero. Era finales de noviembre de 2014 en su quinta de Abbott. Los que jugaban al fútbol, con cualidades diversas más allá de sus apodos, no sabían lo que estaba por pasar debajo de sus pies. Pocos lo sabrían. Acaso porque no le gustaba jugar a la pelota, acaso porque arrastraba problemas pesados, en el partido no estuvo Hugo Díaz. Pero estaría pronto.

Hábil para hacer contactos, Guastini manejaba una cueva financiera en la calle Florida 520, plena city porteña. La cueva financiera en realidad era todo el edificio. Con esos contactos un día podía ser financista y al otro día casi que policía o narcotraficante y también espía. Díaz también se dedicaba a las finanzas, pero con ciertos clientes hacía negocios por demás peligrosos: a pesar del «cepo» cambiario, les conseguía dólares. En cantidad. Una operación. Otra más. Y a la tercera, mezclaba billetes verdaderos con falsos. Por miles. Hasta que se metió con uno que no se la dejó pasar.

Por aquellos días, según pudo reconstruir Encripdata, Fernando Di Zeo, hermano de «Rafa», líder de «la 12», un tal «Manija», también de la barra de Boca, Pablo «Bebote» Álvarez, capo de la de Independiente, y Diego «Fanfi» Goncebate, de «la 14» de Lanús, fueron a buscar a Díaz a la cueva de Guastini. La bronca estuvo a punto de desatarse con consecuencias imprevisibles hasta que entre todos los hombre de seguridad reconocieron a Luciano y Alan, los hijos de Pedro Tomás Viale, alias «Lauchón», el agente de la Dirección de Contrainteligencia de la Secretaría de Inteligencia (SIDE) ejecutado la madrugada del 9 de julio de 2013 en su casa de La Reja a manos de policías bonaerenses del Grupo Halcón. Se conocían por salir de joda al mismo boliche. Ese día, finalmente, no hicieron nada, pero juraron vengarse de Díaz si lo cruzaban fuera del territorio de Guastini.

El 26 de febrero de 2015, un hombre en moto pasó por la casa de Díaz en Valentín Alsina y realizó una ráfaga de disparos. El financista hizo la denuncia, pero no le dio mayor importancia. En esos días también hizo dos operaciones inmobiliarias: vendió una casa en Pinamar y firmó un boleto de compra de otra en Lanús. La contraparte fue la misma: alias «Mandril», un agente de la SIDE que reportaba desde el aeropuerto internacional de Ezeiza y, tal vez lo más importante, cuñado de Guastini.

Quique, «Maradona» y Viale en Abbott. Crédito: Encripdata.

Díaz nunca llegó a vivir en esa casa de Lanús ubicada en la calle Alem al 1200. El que sí aguantó un tiempo ahí fue Juan José González Morito porque el juez federal Rafael Caputo le prohibió salir del país desde que los policías aeroportuarios (PSA) descubrieron el 31 de enero de 2014 que junto a David Ávila Ramos pretendían entrar al país con 754.630 euros y 254.000 dólares en un vuelo procedente de España sin que «Mandril» pudiera hacer algo. «Maradona» y «Juanito» eran dos «mulas» de Guastini y un hombre poco conocido que se hacía llamar «Carlichi».

Las operaciones inmobiliarias, entonces, parecieron ser otra cosa. Como sea, la mañana del 9 de marzo de 2015, Díaz pasó por la cueva de Guastini para retirar un cheque. Nunca más salió. En una de las oficinas de Florida 520 estuvieron, por lo menos, Guastini, «Cable», «Coco» y, obviamente, Díaz. No hablaron mucho. Solos los presentes saben quiénes y cómo mataron a Díaz. Algunos dicen que Guastini dio la orden de asesinarlo porque solo le traía problemas. Otros dicen que para sacar el cuerpo en plena city porteña sin que se notara, tuvieron que desmembrarlo. Oficialmente, la fiscal Estela Andrades primero y su par Pablo Recchini después archivaron la investigación por la desaparición porque nunca hallaron el cadáver ni pruebas contundentes, más allá de ciertas declaraciones, para determinar quiénes habían sido los autores materiales y quién el autor intelectual de lo que no fue otra cosa que un crimen en el mundo de los narcos, lavadores, policías y espías.

Juanito, Guastini y «Palermo» en Abbott. Crédito: Encripdata.

No mucho tiempo después, según pudo reconstruir Encripdata, también se le acabó la suerte a Alberto «Papo» Mejía. Este colombiano formaba parte de la banda que el 29 de diciembre de 2013, tras cambiar un millón de euros por dólares, iba a comprarle cocaína a Erwin «Nene» Loza, pero que, tras ese negocio, policías de Quilmes les secuestraron el cargamento en Moreno y en el peaje del Buen Ayre de la Panamericana siguiendo las instrucciones de un fiscal de San Isidro, Claudio Scapolan, en un operativo a todas luces irregular. Tanto que los uniformados dejaron 600 kilos para la investigación y se robaron al menos 400 kilos. Tanto que lo hicieron a la vista de los traficantes. Tanto que el que les cambió los euros a dólares a los colombianos fue «Dolarín». Tanto que el que dio el dato para que el policía Adrián Gonzalo «Palermo» Baeta hiciera el operativo «Leones Blancos» fue el propio Guastini. Aunque no está claro por qué, lo cierto es que a «Papo» le hicieron lo mismo que a Díaz, pero en una casa de la calle Miró.

Y aunque parezca mentira, Guastini ordenó enterrar los cuerpos desmembrados de Díaz y Mejía en algún lugar de su quinta de Abbott. En sus cuatro hectáreas, además de la casa, tenía pileta, acceso a una laguna y un pequeño bosque. Ideal para la ocasión. Y así lo hicieron. Aunque no estuvieron mucho tiempo bajo tierra: ante el rumor de que los investigadores planeaban allanar sus propiedades en busca de los desaparecidos, los hombres de «Mangangá» exhumaron los restos de las víctimas y los hicieron cenizas. La familia de Mejía nunca supo que le pasó a «Papo». Hasta hoy. Tal vez la familia de Díaz se enteró porque hace varios años ya que la madre de sus hijos pidió declarar la presunción de fallecimiento para poder realizar la sucesión patrimonial.

Muchos de los que pasaron por la quinta de Abbott cayeron en desgracia: a «Maradona» lo ejecutaron la mañana del 12 de mayo de 2018 a la salida de la comunión de su hijo en la Iglesia de la Virgen del Rocio en San Pedro Alcántara, cerca de Marbella, supuestamente por jugar a dos puntas con colombianos y policías españoles; Gerónimo Eduardo «Coco» Gerez murió al caerse de una escalera en 2019 luego de que un tribunal lo condenara a 3 años de prisión en suspenso por ser «mula» de Guastini; a Luciano Viale lo arrestaron en junio de 2020 por una vieja causa de tenencia ilegal de arma de guerra; a «Palermo» lo atraparon en enero de 2021 por «Leones Blancos».

Al propio Guastini, poco después de firmar el juicio abreviado por mover dinero del narcotráfico a través de esas y otras «mulas», lo acribillaron el 28 de octubre de 2019 a la vuelta de la municipalidad de Quilmes.

Tal vez por las muertes que rodearon a las muertes haya sido que los investigadores archivaron esta semana por segunda vez y para siempre la causa por la desaparición de Díaz que nunca fue.

Quique, «Mandril» y «Mudo», la mini SIDE que supo armarse «Dolarín», pudieron seguir haciendo cosas.