«¿Quién come carcasa?»: viaje al subsuelo del Delta Center, donde los obreros vivían «como en la cárcel»

Así vivían los obreros en el Delta Center de Tigre. Crédito: Encripdata.
Aquella noche, pasadas las 5 de la madrugada, la jueza federal Sandra Arroyo Salgado contempló por un instante el Delta Center. Era un edificio de lujo a punto de terminar, con departamentos, oficinas y cocheras, ubicado en la calle Paiva al 1500, Rincón de Milberg, Tigre. Debajo de la fachada -según denunciaron cuatro personas bajo reserva de identidad-, los obreros vivían como en una cárcel. Acompañada por la Policía Federal y especialistas contra la trata de personas, bajó hacia el subsuelo. Eso fue como retroceder dos siglos: en el sector del estacionamiento, detrás de una pared amarilla falsa, 22 trabajadores dormían hacinados, en colchones apoyados sobre tachos de pintura, con ratas dando vueltas.
Enseguida, los especialistas hablaron con las víctimas: muchos dejaron atrás Rosario de Lerma, Salta, a cambio de un trabajo digno en Delta Center, Tigre, pero con el correr de los días, se dieron cuenta de que también los explotaban. De hecho, al subsuelo lo llamaron pabellón: en el invierno se morían de frío; en el verano, de calor. No había ventanas, no corría el aire, estaban al lado del basural del hotel, tenían que soportar olor a pescado. Había ratas, ratones, mosquitos. Y tenían que hacer fila para bañarse con agua fría. Por eso lo llamaban así, porque se sentían encerrados en una cárcel, según el informe del Programa de Coordinación Nacional de Rescate y Acompañamiento de Víctimas de Trata de Personas al que accedió Encripdata.

«Nos quedábamos con hambre, te daban un platito con fideos o polenta seca y si querías más, tenías que comprarte. También nos daban sopa de carcasa. ¿Quién come carcasa?», le preguntó una de las víctimas a una especialista. Eso: quién se come el esqueleto de un pollo.
Un cartel pegado en la pared confirmaban como era el régimen en el «pabellón» Delta: «6:30 am: comienzo de trabajo. 12 pm: almuerzo y descanso. 13 pm: trabajar. 17 pm: merienda. 17:30 pm: trabajar. 20 pm: bajan las mujeres para bañarse. 20:30 pm: bajan los hombres para bañarse. Respetar los horarios, por favor».

Y si aún les quedaban fuerzas para salir a divertirse, debían regresar a las 23 sí o sí. Caso contrario, quedaban a merced de la buena voluntad del capataz o esperar al día siguiente para ingresar.
Al principio, trabajaban de lunes a lunes, pero como los vecinos se quejaron por los ruidos, pudieron descansar los domingos. Por semana cobraban entre 140 mil y 200 mil pesos, con jornadas de 14 horas. Por la Convención Colectiva de Trabajo de la Unión Obrera de la Construcción (Uocra), la jornada diaria normal no puede exceder las 9 horas y la extensión normal de la semana laborable, las 44 horas. Sin embargo, en Delta Center hacían casi el doble: 84 horas. A noviembre, por paritaria, debían cobrar entre 3078 pesos y 4268 pesos la hora, según las categorías, más un bono no remunerativo de 50 mil pesos, pero en este edificio de lujo les pagaban la mitad: entre 1667 y 2380 pesos por hora. El doble de esfuerzo por un cuarto de retribución.
En consecuencia, la jueza Arroyo Salgado procesó con prisión preventiva a Walter Mosca, Pablo Pellegrino y Carlos Díaz Chilo -el capataz- y sin preventiva a Rodolfo Pérez Wertheim por «haber ofrecido, captado, trasladado y acogido a personas con fines de explotación dentro del territorio de la República Argentina, con el objeto de reducirlas o mantenerlas en condición de servidumbre, situación que se vio agravada por haber mediado engaño, violencia, amenaza, abusando de la situación de vulnerabilidad de las víctimas, ser las víctimas más de tres personas y haberlo cometido en conjunto entre los imputados».
En sus indagatorias, ninguno negó las condiciones de vida de los obreros en el subsuelo del Delta Center. Los empresarios afirmaron que no lo sabían. El capataz, en cambio, aseguró que él dormía en el mismo lugar que aquellos. Sin embargo, la noche del allanamiento, la Policía Federal lo encontró durmiendo muy cómodo en el departamento A108, como un vecino más.
Inicialmente, Mosca, presidente de ODA Desarrollos, lanzó la construcción del Delta Center en 2012, pero por problemas financieros, se quedó sin fondos para avanzar. Recién en el 2020, ya como fideicomiso, el ingreso de nuevos inversores, como Pellegrino y Pérez Wertheim, y el arreglo de una deuda con el colombiano Jesús Antonio Yepez Gaviria, reactivó la obra.
No es la primera vez que la Justicia investiga a Mosca: un tribunal tiene pendiente el juicio por lavado de activos a través de otro emprendimiento en Nordelta, vinculado, precisamente, a ODA Desarrollos. Uno de los inversores, Yepez Gaviria, investigado por lavado en un expediente desprendido de una operación de narcotráfico internacional, ya fue absuelto. Este colombiano se hizo amigo de José Damián Sofía, alias «Tano», condenado por dos hechos: por el mayor decomiso de cocaína en la historia de Rosario y por amenazar de muerte a la jueza Arroyo Salgado y a sus hijas.
En aquella época, dos sicarios mexicanos estuvieron a punto de matar a una odontóloga en Villa Crespo. Era la mujer de Diego Miguel Colombini, socio de Mosca. Como testigo, Colombini reconoció el motivo: «Si la fueron a buscar a ella, tiene que haber sido por mí. Si fue para mí, debe ser por las actividades que tuve con Mosca. En un momento yo estuve muy vinculado con él, tiene muchas deudas por edificios frenados».
El tiempo pasó, Mosca siguió adelante y reactivó Delta Center. En mayo de 2023, contrató a Díaz Chilo para que se encargara de las terminaciones de las unidades. Así fue como llegaron los trabajadores, de las cosechas en Salta al subsuelo del edificio de lujo. Pero no solo allí: los empresarios los llevaban a trabajar a otras obras, como si fueran meros objetos.
Sin embargo, los jueces Néstor Barral y Alberto Lugones, de la Cámara Federal de San Martín, revirtieron los procesamientos, decretaron las faltas de méritos y ordenaron la libertad de los imputados. En el fallo, tuvieron en cuenta a las víctimas y su estado de vulnerabilidad económica y social, las pésimas condiciones de trabajo, la falta de registración laboral, las largas jornadas y hasta las restricciones en el ingreso y egreso al complejo, pero todo eso no les alcanzó para tener por verificada la explotación laboral.
Para los camaristas, en todo caso, podría encuadrarse como trabajo no registrado y falta de apego al convenio laboral y fiscal, pasibles de sanciones administrativas y eventualmente penales, pero no explotación laboral. Ni siquiera los conmovieron los videos, las fotos y esta conversación entre Mosca y Díaz Chilo:
–¿Hoy no pueden avanzar? -reclamó Mosca.
-Pasa que están medio rebeldes, los changos estaban esperando la suba del sueldo el viernes, entonces están rebeldes, boludo, no quieren trabajar, la mayoría no quiere salir hoy domingo, están cansados, que trabajan 14 horas, que no les pagamos bien. Yo les digo, pero, boludo, el viernes va a estar la suba que ya hemos hablado de eso. Perdoná, están caprichosos -pasó el reporte Díaz Chilo.
-Me hiciste decirle que era por la hora que no trabajaban. Si no va nadie va a estar mal.
-Sí, Walter, pero cuando la idea era que entren a las 10 de la mañana para que trabajen hasta las 8 de la noche, pero están rebeldes, anoche han salido también, es cuestión de que descansen un poco más.
-¿Ninguno? Creo que estamos mal. Veamos si le encontramos la vuelta.
-Por eso, estoy esperando que sean las 10 para bajar, que es la hora que habíamos quedado nuevamente, entonces, ahora cuando vaya… Sí, estamos mal, quieren cobrar más, te lo vengo diciendo hace mucho. Están calientes, esta semana se han ido como seis por el tema del pago, eran los que mejor trabajaban, así que estamos recaudando. Lo único es esto que te digo, o sea, piden suba de sueldo, lo vienen pidiendo hace tres semanas, a la gente no le alcanza, saben que allá está el tabaco, ¿me entendés? Entonces saben que si se van al tabaco, van a estar tres meses en el tabaco ganando bien, entonces, a ellos no les calienta trabajar bajo techo o abajo del sol, para ellos es lo mismo, ¿me entendés? Entonces, aflojamos un poco de horas o le damos un poco más de guita, una de dos, viste, como venimos laburando… me imagino que debe ser eso.
-No sé. Hasta el viernes tuviste 30 de Salta.
-Sí, no, ayer, sobre todo el viernes después de pagar, después de pagar, el sábado se fueron dos, tres que eran de descanso y el resto se han ido por guita.
-Y bue, fijate si los convences. Y mañana vemos qué hacer. Estamos en un mal momento con la gente que estás trayendo de allá.
-Y sí, los que eran buenos, buenos y querían estar con nosotros siempre pedían aumento y no le dábamos, no le dabamos y, bueno, se cansaron de esperar, o sea, hay muchas veces que me pedían a mí y yo ni te lo pedía a vos porque hay que darse cuenta de que tampoco podemos estar pagando lo que ellos quieren, hay que pagar lo que uno quiere porque sino después el día de mañana todo el mundo… vamos a laburar para ellos, no tiene sentido.
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