Encripdata

Un paso adelante

Envían a juicio a Pilepich y Vargas por matar y descuartizar a «Lechuga» para no pagarle 150 mil dólares

Autos, lavado y criptos, la vida de "Lechuga" Pérez Algaba

Autos, lavado y criptos, la vida de Pérez Algaba. Crédito: Instagram.

A diez meses del crimen de Fernando Pérez Algaba, el trader que apareció descuartizado en Lomas de Zamora, el juez Sebastián Monelos clausuró la etapa de instrucción y envió a juicio oral a dos socios de la víctima y cinco personas más, según pudo saber Encripdata, por el «homicidio cuádruplemente agravado por su comisión con armas de fuego, por alevosía, por codicia y por haber sido cometido por el concurso premeditado de varias personas».

Se trata de Maximiliano Pilepich y Nahuel Vargas, socios de «Lechuga» Pérez Algaba en un proyecto inmobiliario de General Rodríguez, y de Matías Ezequiel Gil, Luis Alberto Contreras, Fernando Gastón Martín Carrizo y hasta Flavia Lorena Bomrad, amiga de la víctima. Además, Blanca Cristaldo deberá sentarse en el banquillo por esconder en su casa a Carrizo. En cambio, Alma Nicol Chamorro, la primera detenida del caso, fue sobreseída.

Al principio, las autoridades allanaron las propiedades de Gustavo Iglesias y su hijo Nazareno. «El Chupa» Iglesias, barra de Boca, había amenazado a «Lechuga» por una deuda y alguien, durante los primeros días de la investigación, viralizó esos audios para intentar despistar a los detectives.

Pero el fiscal Marcelo Domínguez no tardó en determinar quién decidió asesinar a Pérez Algaba y planificar cómo hacerlo para no ser descubierto. Y fue por codicia, para no pagarle una deuda en dólares, y a traición, porque la víctima recibió dos disparos por la espalda. Pero entre la planificación y la ejecución, algo falló. Él y los demás acusados cometieron errores.

Todo comenzó el 17 de julio del año pasado. Tras un regreso intempestivo al país, «Lechuga» consiguió que Pilepich aceptara devolverle los 150 mil dólares. Aquel día, entonces, se encontraron en una escribanía para firmar un documento de reconocimiento de la deuda original. Al final, quedaron en 50 mil dólares y la entrega de 17 lotes del emprendimiento en General Rodríguez.

Aunque algo no le cerraba, aunque temía que algo le pudiera pasar, Pérez Algaba fue al día siguiente a Renacer para cobrar un primer pago: 20 mil dólares. Renacer le traía malos recuerdos: en medio de una discusión, Pilepich ya le había disparado. Aquella vez tuvo suerte: no le acertó. Ahora, el 18 de julio, estuvieron los tres: ellos dos y Vargas. Bueno, cuatro: también su perro Cooper.

Esa fue la última vez que Pilepich y Vargas dijeron ver a Pérez Algaba. Después hablaron los teléfonos: «La última conversación con alguna otra persona por cualquier medio la tuvo a las 18.09 horas encontrándose en el emprendimiento», según el informe del análisis telefónico realizado por la Dirección de Tecnologías Aplicadas a la Investigación en Función Judicial.

Desde ese instante, los peritos observaron diez puntos clave del impacto del celular de la víctima en las antenas que cubren las zonas de interés. Un teléfono coincidió en seis puntos. Se trataba de un abonado registrado por el Ministerio de Seguridad de la Ciudad de Buenos Aires, pero que hasta el 18 de julio «no presentaba comunicaciones ni movimientos de antena».

Pero a las 14.37 de ese día, empezó a moverse hacia la zona oeste. La obtención de este teléfono fue una prueba clave sobre la planificación del crimen. No fue una discusión que terminó mal. Fue un encuentro premeditado para que acabara con dos disparos quirúrgicos por la espalda y a los pulmones.

Casualmente o no tanto, un amigo de Pilepich prestaba servicios en el edificio donde estaba registrado el teléfono. No solo eso: se desempeña en la Dirección de Tecnología y es profesor en cursos sobre Tecnología en la Investigación Criminal. Para el fiscal, era «altamente probable que Pilepich haya recibido asesoramiento de cómo manejar la cuestión tecnológica» por parte de Córdoba, subcomisario de la Policía de la Ciudad.

Una de dos: el uniformado no explicó bien cómo borrar las huellas o Pilepich entendió mal. Porque «contaminó» el celular: habló con su amigo policía, Vargas y Gil y lo llevó hasta su casa en el country golf Bella Vista. Y en esos recorridos, el teléfono de la víctima impactó en las mismas antenas. En otras palabras: se quedó con el celular de Pérez Algaba.

El último error, el que lo terminó por entregar, fue haber viajado él mismo y con los dos teléfonos hasta Ingeniero Budge. Alrededor de las 2.30 de la madrugada, siempre según el análisis telefónico, Pilepich estuvo 9 minutos en la casa de Contreras, quien solo reconocería haberle dado la famosa valija roja. Inmediatamente después, el celular de Pilepich se activó en la celda del arroyo El Rey.

Allí, cinco días más tarde, unos nenes encontraron la maleta con los restos de la víctima.

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