Encripdata

El hilo invisible entre el crimen y el poder

Detuvieron a otro piloto de Alvarado por el plan de fuga de la cárcel de Ezeiza colgado de un helicóptero

El día que Alvarado soñó con escapar de la cárcel en helicóptero

El día que Alvarado soñó con escapar de la cárcel en helicóptero. Crédito: MinSeg.

En Paraguay lo buscaron durante siete años, pero siempre lo perdían en el horizonte. En la Argentina le siguieron los pasos durante dos años, pero no se dejaba ver. Pero, en julio, la Gendarmería por fin arrestó a Daniel Guategui, como pudo saber Encripdata. Tal vez fue en algún lugar del Litoral, quizás en Curuzú Cuatiá, no muy lejos de las pistas clandestinas de aterrizaje, a la vera de la Hidrovía, que, desde el aire, conocía como las palmas de sus manos.

El motivo: formar parte del grupo comando contratado por Esteban Lindor Alvarado para fugarse de Ezeiza, la principal cárcel del país. Y no por un túnel sino por la puerta grande, tan grande como el cielo, colgado de un helicóptero.

La cinematográfica extracción no debía durar más de 20 segundos.

Y de Ezeiza, sin escalas hasta un campo de General Rodríguez.

El 10 de marzo del 2023, entonces, un tal «Lobo» -que no era Guategui- partió desde Entre Ríos, pero a poco de andar el Robinson 44, aterrizó en un predio del Country Club Banco Provincia, Moreno, provincia de Buenos Aires. Nunca llegó a sobrevolar Ezeiza.

En simultáneo, las autoridades requisaron la celda de Alvarado, incautaron la aeronave en Moreno y detuvieron a Andrés Donnet y Gianluca Orpianesi en Entre Ríos.

«El piloto está detenido y está resguardado acá en el lugar», informó uno de los uniformados a su superior, respecto de «Lobo», como demuestra el video al que accedió Encripdata. De Guategui, en cambio, ni noticias.

La investigación comenzó una semana antes, el 2 de marzo de 2023, cuando un testigo de identidad reservada denunció en el Ministerio de Seguridad el plan de fuga de Alvarado y otro interno a concretarse al día siguiente. Y hasta aportó las coordenadas desde donde despegaría un helicóptero pintado de negro.

A contra reloj, los fiscales Cecilia Incardona, de Lomas de Zamora, y Diego Iglesias, de la Procunar, buscaron, por todos los medios, desbaratar la operación. Y la suerte estuvo de su lado: por diversos contratiempos, Alvarado postergó el plan de extracción para el 10 de marzo. Para ese día, las autoridades ya tenían todo bajo control.

El juez federal Ernesto Kreplak procesó a Alvarado, Donnet y Orpianesi por el contrabando de importación agravado por la cantidad de intervinientes, el medio de transporte aéreo y el lugar de aterrizaje empleados y por el valor del bien ingresado; favorecimiento de evasión en grado de tentativa; y falsificación y supresión de la numeración de un objeto registrado de acuerdo a la ley, todos delitos en concurso real.

Entre los procesados no estuvo el tal «Lobo». Por eso, Alvarado amplió su indagatoria, básicamente, para enviarle un mensaje: no tenía dudas de que el testigo de identidad reservada que lo «vendió» era el propio piloto.

Dos años después, la Gendarmería arrestó a Guategui, otro piloto, fumigador y comercial, e instructor de vuelo. Por la edad, su rol no era subirse a la aeronave, esa era la tarea de «Lobo», pero como pudieron reconstruir los fiscales, colaboró en la logística de la extracción: contactó a su amigo Donnet para alquilarle el hangar en Gualeguaychú, lo convenció para «enfriar» allí el Robinson 44 a la espera de «Lobo» y conoció los detalles del plan, incluso el día elegido por Alvarado para la fuga.

Y todo esto lo hizo sin importarle, ni a Alvarado ni a él, que su nombre estuviera «quemado» desde el 27 de octubre de 2018, cuando la Secretaría Nacional Antidrogas (Senad) de Paraguay llevó adelante el Operativo Austral, por el que detuvo a varios cómplices suyos, incautó seis avionetas y halló 448 kilos de cocaína.

Y aunque escapó justo a tiempo, la Senad, al hacer público el esquema de la organización narcocriminal, mostró una foto de Guategui, a quien vinculó con una de las aeronaves marcadas, con matrícula ZP-BOO, con la que «bombardeaba» las bolsas de arpillera en campos de Santa Fe, Rosario y otros puntos próximos a la Hidrovía. Luego pegaba la vuelta con bolsas pero llenas de plata.

A los 71 años, solo él sabe cómo hizo para sobrevivir en el crimen organizado.

Pero habiendo llegado a esa edad, solo él sabe por qué no se retiró a tiempo.


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