La mafia de Florian Tudor operó en el prostíbulo del espía Martins

La banda de Florian Tudor operó en el prostíbulo del espía Martins

La banda de Florian Tudor operó en el prostíbulo de Martins. Crédito: Encripdata.

Raúl Martins fue uno de los reyes de la «noche vip» en la zona hotelera de Cancún, México, por trece años. Y desde el 4 de octubre de 2019, cuando fue detenido por pedido de una jueza argentina, lo siguió siendo a través de Juan «Brujita» Bastida. Pero hay dos cosas que nunca pudo controlar: a su hija Lorena, que lo denunció en 2012 por proxeneta en la Argentina, y, aunque parezca una nimiedad, el cajero automático de su prostíbulo. Encripdata pudo saber que ese aparato tenía su propio dueño: Florian Tudor, más conocido como «Tiburón», jefe local de la mafia rumana.

El Proyecto de Informes sobre la Delincuencia Organizada y la Corrupción (OCCRP por sus siglas en inglés) denominó a la organización de «Tiburón» como «la banda de la Riviera Maya» porque operaba cientos de cajeros automáticos en esa zona de la península de Yucatán.

La operación tenía una apariencia legal: Tudor, a través de rumanos de su mismo pueblo natal, Craiova, creó la empresa Top Life Servicios en el estado de Quintana Roo. Luego se asoció con Multiva para que sus cajeros automáticos llevaran esa reconocida marca. Si antes realizaban skimming -clonación de tarjetas de crédito- en aparatos ajenos para luego retirar de a 100 o 200 dólares de las cuentas de sus víctimas, desde aquel acuerdo comenzaron a hacerlo, hackeo del sistema operativo mediante, desde sus propios expendedores de billetes. Los turistas se daban cuenta recién cuando volvían a sus países de origen.

Encripdata pudo saber que «la banda de la Riviera Maya» también se extendió hasta Tulum y Cancún.

La clonación de tarjetas era un secreto a voces. Tanto que desde WikiTravel, la guía de turismo, aconsejaba a quienes viajabab a Cancún que no usaran cajeros automáticos que no estuvieran en los bancos o en los hoteles: «Evite los de las farmacias, tiendas, gasolineras o será víctima de robo de identidad».

Eso mismo sucedió en Kiss Night Club. Martins y sus empleados lo sabían. El espía experimentaba una extraña resignación sabiendo que Tudor operaba frente a sus narices, muy a su pesar, así como él operaba frente a las narices de las autoridades de Quintana Roo.

Por eso, cuando recibía amigos en su table dance, Martins les reconocía: «No uses el cajero automático de la entrada. Lo manejan los rusos». Pero los que no se sentaba a su mesa eran víctimas de la mafia, que en realidad no era rusa sino rumana.

Tras su detención en 2019, Martins hizo rebautizar a Kiss como Queen’s Night Club y le ordenó a uno de los suyos, «Brujita» Bastida, que lo regenteara.

Los investigadores de la delegación Quintana Roo de la Fiscalía General de la República (FGR) arrestaron a Tudor el 11 de mayo de 2019.

El líder de «la banda de Riviera Maya» pagó la fianza para quedar en libertad, pero no pudo hacer nada para que su red no fuera descubierta. Entonces, cambió de estrategia, levantó el perfil, dio entrevistas a cuando medio quiso entrevistarlo, juró ser un empresario con actividades legales y hasta negó que lo apodaran «Tiburón».

Tudor hizo algo más: denunció que los servidores públicos le robaron objetos de su casa cuando fueron a arrestarlo. Tras una investigación interna de la Fiscalía de Asuntos Internos y la Fiscalía Especializada de Combate a la Corrupción, la FGR destituyó en 2019 a su delegado en Quintana Roo Javier Ocampo García y la subdelegada Bertha Cordero Reyes. También imputó por lo mismo al fiscal César Eduardo Cervantes Saavedra.

Pero este año, un tribunal de Bucarest, capital de Rumania, le ordenó a la Policía Internacional (Interpol) la captura del empresario instalado en México por los delitos de delincuencia organizada, extorsión y hasta asesinato. Sin embargo, el juez Julio César Ortiz Mendoza le otorgó en abril la suspensión de cualquier intento de deportación, detención o aprehensión hasta nuevo aviso. En Rumania no lo esperaban con los brazos abiertos: ya habían condenado a seis de sus colaboradores.

Martins, por su parte, también intentó evitar su extradición a la Argentina para no tener que sentarse en el banquillo de los acusados por explotar sexualmente a mujeres en los prostíbulos que tuvo en Buenos Aires. Para eso, acusó a los servidores públicos que lo arrestaron por torturas.

Un fiscal le creyó: ni más ni menos que Cervantes Saavedra, el mismo al que Tudor denunció por el robo en su casa. Si prospera la acusación, el espía también podría conseguir la suspensión de cualquier tipo de privación de la libertad hasta nuevo aviso.

El juez Jesús Alejandro Ávila Gutiérrez decidirá en las próximas horas si a Martins y Tudor, además de aquel cajero automático, los une la suerte judicial.