Con tobillera electrónica, en auto de aplicación o a la vista de todos: así vendían cocaína en Belgrano
Con tobillera electrónica y a la vista de todos: así vendían droga en Belgrano. Crédito: Encripdata.
A él no lo deschavó la tobillera electrónica en la pierna derecha, que nunca emitió alerta, ni las bermudas en los primeros días soleados -aunque pocos- de la primavera. A Javier Pablo Piter Sulca lo entregó un informante, como pudo reconstruir Encripdata. Y con este transa peruano cayó una modalidad de venta a la vista de todos. En plena Ciudad de Buenos Aires.
A principio de mayo, un informante se presentó en una división antinarco de la Policía Federal (PFA) decidido a acabar con el negocio de dos hermanos peruanos. Aportó los nombres, los documentos, los autos y patentes, las direcciones y hasta los días de fraccionamiento, entrega y rendición de cuentas.
Tal vez porque dos de los jefes operativos tenían antecedentes y los tribunales porteños los mandaron a la casa simplemente con tobillera electrónica o pautas de conducta, no les importó hacer casi todo a la vista de todos.
Como adelantó el informante, los transas peruanos acopiaban en un departamento de Belgrano y repartían en otro y hasta tenían a un subalterno que se hacía pasar por chofer de aplicación para entregar pedidos a los clientes.
A veces, incluso, cuando las reuniones no se hacían entre cuatro paredes, Piter Sulca, con su tobillera electrónica, no tenía inconvenientes en juntarse en una esquina con los vendedores de su organización, que, con capuchas y gorras para tapar sus rostros, se acercaban para recibir las bolsas de dosis.
Así, después de seis meses de seguimiento, la jueza federal de San Martín, Alicia Vence, y su secretario Hernán Roncaglia decidieron detener a Piter Sulca, a la madre de sus hijos y a su excuñado por formar parte de una organización narcocriminal que vendía al menudeo 3 kilos de cocaína cada 48 horas o 72 horas en diferentes calles del barrio porteño de Belgrano.
Cuando los policías federales irrumpieron en uno de los departamentos, la mujer estaba en pleno proceso de fraccionamiento de un kilo. Por los golpes en los costados, el «ladrillo» parecía haber llegado directo de un laboratorio. Tenía el sello bajorrelieve del delfín, es decir, importado de Bolivia.
Esa mujer no era una más en la banda. Su teléfono ya empezó a hablar por ella: tenía movimientos por 200 millones de pesos en un solo mes en su cuenta de Mercado Pago. Sus contactos la conectan directo con Perú.
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