Encripdata

Un paso adelante

Operación Maschwitz: el día que la DEA dejó al descubierto el tráfico de efedrina entre Argentina y México

La operación de la DEA en la Argentina por la ruta de la efedrina a México

La operación de la DEA en la Argentina por la efedrina para México. Crédito: Encripdata.

A mitad de julio, pero 2008, la Drug Enforcement Administration (DEA), la agencia de control de drogas de los Estados Unidos, dijo basta: luego de que la importación de efedrina pasara de los 1500 kilos en 2003 a los 19.150 kilos en 2007, decidió que ya era hora de dejar al descubierto cómo desde la Argentina, los cárteles mexicanos contrabandeaban esas toneladas que del otro lado de la gran frontera terminaban en metanfetaminas y sus consumidores estadounidenses, en víctimas por sobredosis, según pudo reconstruir Encripdata con base a documentos oficiales. De ese negocio participaban Sebastián Forza, Damián Ferrón y Leopoldo Bina, asesinados el 7 de agosto de 2008. Sus cuerpos fueron plantados recién el 13 de agosto en General Rodríguez.

Desde octubre de 2007, los agentes de la DEA en Buenos Aires sabían que Ibar Esteban Pérez Corradi podía mover una tonelada de efedrina por mes.

Además, el 29 de enero de 2008 colaboró con la Gendarmería en el operativo en el que cayeron Oscar Mieres y Ramón Rubén Grondona con 25 kilos de efedrina en Concordia, Entre Ríos.

Sin embargo, la efedrina no era un problema para el gobierno de Cristina Kirchner ni era un tema para los medios de comunicación. Tampoco lo fue el 24 de abril cuando en México descubrieron en el puerto de Manzanillo, Colima, 294 kilos que había mandado Mario Segovia. Ni siquiera el 19 de mayo cuando encontraron otros 523 kilos del «rey de la efedrina» rosarino pero en el puerto de Buenos Aires. En la Argentina, la efedrina solo era el medicamento que había sacado del Mundial de Estados Unidos a Diego Armando Maradona, el que le había «cortado las piernas», y de eso ya habían pasado 14 años.

Para exponer la situación, la DEA eligió «reventar» una quinta de Ingeniero Maschwitz. No era una quinta cualquiera: era donde un grupo de mexicanos elaboraba metanfetaminas. Qué mejor golpe de efecto que mostrarle en la cara al Gobierno y a la sociedad que un cártel extranjero fabricaba drogas sintéticas, esas que hacían tanto daño en los Estados Unidos, en una zona tranquila de clase media y alta del conurbano bonaerense. Ese «laboratorio» era de Juan Jesús Martínez Espinoza.

Antes de caer en Entre Ríos, Mieres y Grondona iban y venían de Paraguay con Martínez Espinoza y la DEA lo sabía.

Por eso, cuando arrestaron a los dos argentinos, lo primero que hizo «don Jesús» fue cerrar el «laboratorio» que tenía en el Barrio Parque Almirante Irizar y cuando pensó que tenía todo bajo control, abrió otro, justamente en Ingeniero Maschwitz.

Y la DEA lo volvió a rastrear. Pero como no estaba autorizada a operar en el país, la agencia hizo lo que en esas circunstancias hacía la Policía Bonaerense: una denuncia anónima para que esta terminara el trabajo que ella había empezado.

Entonces, el 16 de julio de 2008, el teniente primero Abel Enrique De la Cruz, de la delegación Zárate – Campana de la Dirección de Investigaciones del Tráfico de Drogas Ilícitas de la Policía Bonaerense, anotó en el libro de guardia que había recibido un llamado anónimo que lo alertaba sobre la casa quinta de la esquina Güemes y Echeverría, en Ingeniero Maschwitz, ocupada por extranjeros y desde donde salían olores intensos, como a químicos, como los de una «cocina» de cocaína.

A las 24 horas de la denuncia anónima, los hombres del comisario Honorio Rodríguez ya estaban en la quinta para romper todo. Martínez Espinoza ya no estaba, había regresado a Cancún el mismo día de la denuncia anónima. Pero el golpe de efecto era un hecho: Clarín, en la tapa del 19, tituló: «Nueve narcos mexicanos caen en el GBA. En una quinta tenían un laboratorio que elaboraba pastillas sintéticas. Iban a enviarlas a México, ocultas en suelas de zapatos«. La Nación, en tanto, detalló: «Hallan un laboratorio que producía éxtasis. La policía detuvo a 10 personas, nueve de ellas de nacionalidad mexicana; los narcos fueron sorprendidos cuando procesaban una cantidad de pasta suficiente para elaborar 200.000 dosis«.

Lo que nadie dijo entonces ni después fue lo que pudo reconstruir ahora Encripdata: que Armando Juliani, un exinformante de la Secretaría de Inteligencia (SIDE, ahora AFI), enviaba efedrina por DHL a México por orden de Martínez Espinoza y a la vez filtraba información que llegaba a la DEA sobre lo que hacía el narco mexicano en la Argentina. Para que no lo descubrieran cuando iba al correo, se presentaba como Jorge Alberto Erguanti.

Tras la operación de la DEA en Ingeniero Maschwtiz, Juliani estuvo varias veces frente al juez federal de Campana Federico Faggionatto Márquez. La primera vez fue como testigo. Juliani nunca habló de la DEA ni esta de él. Pero algo pasó en el medio que hizo que el magistrado ordenara en octubre de 2008 su detención por formar parte de la banda de Martínez Espinoza. Después pasó algo más que hizo que lo procesara pero a la vez lo excarcelara. Y después, cuando quiso indagarlo por las maniobras en el correo, ya era tarde: Juliani se borró de todos lados.

Al que también borraron pero con un jury de enjuiciamiento fue al juez. Su reemplazante, Sandra Arroyo Salgado, ordenó el 23 de diciembre de 2009 la captura de Juliani. En cambio, Adrián González Charvay, que quedó al frente del juzgado, declaró dos veces extinguida la acción penal por prescripción para intentar sobreseerlo por el simple paso del tiempo, pero el fiscal Sebastián Bringas apeló otras dos veces y los jueces de la Cámara Federal de San Martín, llamativamente, le dieron la razón.

El mes pasado, argumentando motivos de conexidad con otro expediente, los camaristas enviaron la investigación al juzgado federal 12 porteño, subrogado por el juez federal Ariel Lijo.

Mientras tanto, Juliani lleva ya doce años prófugo de la Justicia. En realidad, decir que se encuentra prófugo es una cuestión meramente técnica: hace rato que nadie lo busca como corresponde. De lo contrario, no estaría activo en las redes sociales. A esta altura, encontrarlo, trece años después de la operación de la DEA, sería toparse con la agencia de control de drogas estadounidense que, como detalló el periodista Julián Maradeo en el libro La DEA en la Argentina, una historia criminal, nunca dejó en sus casi 50 años de vida que las leyes argentinas se interpusieran en su «guerra contra las drogas» como parte de su doctrina de «seguridad nacional».

Así, aquel 17 de julio de 2008, la DEA le dio un mensaje al gobierno argentino y los cárteles mexicanos sobre su guerra contra las drogas sintéticas.

Algunos no lo entendieron.

No ese día.