Encripdata

Un paso adelante

Un encargo que salió mal y una respuesta letal: el crimen del policía González en medio de la disputa entre Pacheco y «Alicho»

El crimen del policía Ricardo González en Loma Hermosa

El policía González, asesinado en Loma Hermosa. Crédito: Encripdata.

Uno, dos, tres… ochos tiros.

Eso fue matarlo a quemarropa, dejar un mensaje en el asiento y escapar tranquilo. La víctima se lo había hecho demasiado fácil: como se conocían, lo dejó subir sin vueltas al Peugeot Partner, según pudo reconstruir Encripdata. Los vidrios polarizados y la oscuridad de la noche fueron cómplices. Nadie vio nada. Una vecina escuchó las detonaciones, pero no se animó a decir nada, hasta que otro vecino, perturbado por dos orificios en la puerta del conductor, se acercó hasta el vehículo y, no sin dificultad por la opacidad de los cristales, vio a un hombre desvanecido.

Los primeros policías bonaerenses que llegaron a la escena del crimen de Loma Hermosa descubrieron que la víctima era policía como ellos, pero federal: Ricardo Ariel González, 35 años, oficial inspector de la delegación Mercedes de la fuerza.

González estacionó su auto en la calle Congreso 8374 alrededor de las 23 del martes 20 de julio.

Los uniformados, alertados por el segundo vecino, arribaron recién el jueves.

El sicario tuvo 48 horas de ventaja para esconderse bien.

Tal vez incluso para deshacerse del arma.

Al abrir el vehículo, los investigadores se toparon con una primera pista sobre lo sucedido. Sin llegar a ser una narcomanta estilo mexicana, el sicario dejó un mensaje: «‘Rengo’ Pacheco: ¿10 millones por mí? Acá tenés tus 10 millones. Atentamente: San Martín».

La carta es fácil de interpretar: Pacheco le puso precio a la cabeza de un rival y éste, enterado, le tiró un muerto con dedicatoria y todo.

Atentamente: San Martín.

Decir «San Martín», desde los años noventa, es decir Miguel Ángel «Mameluco» Villalba, el capo que quiso ser intendente, pero al que dos tribunales le pusieron fin a su puerta giratoria en 2014 por narcomenudeo en la zona oeste y en 2018 por lavado de activos.

Pero decir «San Martín», desde finales de mayo de este año, cuando cayó Javier Alejandro «Rengo» Pacheco, es hablar de los que quieren adueñarse del territorio controlado hasta entonces por este narco caído en desgracia y eso, en el juego de las segundas líneas, no está tan claro.

La villa 9 de Julio como campo de batalla.

Pero lo que no sabía el sicario es que la víctima tenía un papelito en un bolsillo de la campera, como muestra la foto publicada por Encripdata, que decía: «Blas Adrián Gómez. M=1 – P 2. Gordo Blas Avicho». Estaba mal escrito: «Avicho» en realidad es «Alicho».

Aunque joven, Blas Adrián Gómez es un viejo conocido de la zona: con 24 años, se entregó en 2017 luego de que lo acusaran de ser el «soldadito narco» que fusiló el 27 de abril de ese año al policía federal Alan Maximiliano Dolz al descubrir que estaba como encubierto en un pasillo de la Villa Loyola.

La prueba de la parafina, cada vez menos usada, le dio negativa.

El juez federal Juan Manuel Culotta tuvo que darle la falta de mérito.

«Alicho» o «Negro Alí» es Max Alí Alegre, otro de los narcos que, aunque preso, disputa las villas de San Martín. Pero primero lo primero: «Rengo» Pacheco tiene dos hermanos, Mauro y Ezequiel. Con Mauro no solo se peleó sino que lo amenazó de muerte. Mauro, entonces, se fue de la villa 9 de Julio, se replegó en la Villa Curita y finalmente se alió con «Alicho» para en algún momeno copar el territorio del «Rengo».

De Mauro y Ezequiel, prófugos, nadie sabe nada de nada.

«Alicho» está preso desde 2019 por otra causa.

Por qué tenía González un papelito con los nombres de Gómez y «Alicho», es lo que se pregunta la fiscal Gabriela Disnan.

Qué es lo que hacía en San Martín cuando prestaba servicios en Mercedes aunque con licencia desde enero, tampoco lo entiende.

Quizás algunas respuestas las tenga un abogado que, según el papá de la víctima, no solo lo frecuentaba a él sino también a transas de la zona, el típico letrado que cae al minuto a las comisarias o a las casas allanadas para buscar el mejor «arreglo» entre las partes.

Porque el clan Villalba, la banda del «Rengo» Pacheco y la familia de los Ponce tenían su abogado metido en la Policía Bonaerense.

Gómez y «Alicho», enterados del papelito con sus nombres, le dijeron a su defensor que no tienen «nada que ver» con el crimen del policía.

Le juraron algo más: que ellos nunca fueron «satélites» de «Mameluco» Villalba.

Los investigadores consideraron que el que encargó la muerte del oficial inspector González cruzó un límite. Para los narcos, en cambio, los primeros en cruzar el límite fueron los uniformados cuando años atrás, en vez de combatirlos, los quisieron socios. Los pocos que, por unos pesos extra, pusieron en peligro a los muchos. Antes los narcos no se hubieran atrevido a matar a un policía y encima usarlo como mensaje. Ahora, con códigos nuevos, les ofrecen a sus abogados sacar de juego a quienes los molestan a ellos en su difícil tarea de defenderlos.

Incluso atentar contra funcionarios judiciales.