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Un paso adelante

Operación Crystal, segundo adelanto: así mataron a Forza, Ferrón y Bina, así empezó el triple crimen de General Rodríguez

Operación Crystal, el libro definitivo sobre el triple crimen, la SIDE y la DEA

Operación Crystal, el libro sobre el triple crimen, la SIDE y la DEA. Crédito: Encripdata.

En el preciso momento en el que los pusieron de rodillas contra el piso, Sebastián Forza, Damián Ferrón y Leopoldo Bina entendieron que sus vidas ya no les pertenecían. La muerte era inminente. Cuestión de segundos. Imágenes de sus seres queridos, una tras otra, pasaron por sus mentes como una despedida involuntaria, pero inevitable.

Esos recuerdos los desconectaron por un instante de la realidad.

El sonido de las correderas de las pistolas los sobresaltó.

Ya no sentían las manos de tanto tiempo tener atadas las muñecas con precintos plásticos.

Con las víctimas arrodilladas, entonces, los ejecutores decidieron que ya era hora.

Se pararon a sus espaldas, levantaron las armas y, de arriba hacia abajo y de la izquierda hacia la derecha, les vaciaron los cargadores.

Aunque Forza siempre tenía en su poder una pistola semiautomática modelo Taurus calibre 9 milímetros y otra pistola semiautomática modelo Tanfoglio calibre 40 milímetros Smith & Wesson para defenderse, la ironía del destino quiso que sus verdugos las usaran aquella tarde para matarlo a él y a sus amigos.

A Forza lo acribillaron de ocho disparos. Cuatro fueron en la cabeza: dos en el parietal, uno en la nuca y otro atrás de la oreja izquierda. Los otros fueron dos en la espalda, a la altura de la columna, y dos en la clavícula izquierda.

A Ferrón lo asesinaron de cuatro tiros. Tres en la cabeza: uno en el parietal a la izquierda, otro en el occipital a la derecha y otro más atrás de la oreja izquierda. El cuarto fue en el omóplato izquierdo.

A Bina también lo ejecutaron de cuatro. Tres en la cabeza: uno en la región parieto temporal izquierda, otro en la región parieto occipital derecha y otro más en la región occipital derecha alta. El cuarto fue en el omóplato izquierdo.

Los tres murieron en el acto.

Eso fue la tarde del 7 de agosto de 2008.

Recién el 13 de agosto se deshicieron de los cuerpos.

Unos vecinos los encontraron en el kilómetro 11 del camino a Navarro, una calle de tierra que conecta la ruta 6 con el centro de General Rodríguez. Estaban del lado izquierdo, entre pastizales. El jefe de la Policía Bonaerense, que era experto en Criminalística, anunció en los medios de comunicación que el lugar del hallazgo probablemente era la escena primaria de lo que esa noche pasó a la historia como el triple crimen de General Rodríguez.

Operación Crystal, el libro que revela la trama que llevó al triple crimen
Operación Crystal, el libro definitivo sobre el triple crimen, la SIDE y la DEA. Crédito: Ceruse – Ferrón.

Los peritos forenses concluyeron que a las víctimas las asesinaron «entre 36 a 48 horas» antes de comenzar la autopsia, por lo que establecieron como «fecha y hora probable de la muerte el 11 de agosto entre las 20 y las 6 del 12 de agosto», pero, por las singulares características del hecho, no descartaron totalmente la posibilidad de que los autores hayan empleado «algún proceso que haya influido retrasando los fenómenos cadavéricos«.

Los médicos legistas tuvieron en cuenta el buen estado de conservación de los cadáveres, la inexistencia de signos externos de putrefacción y la costumbre de dos de las víctimas de afeitarse en la zona de los genitales. El 14 de agosto, cuando los revisaron, confirmaron que el vello no había crecido.

De allí que los investigadores plantearon una teoría inquietante: que los ejecutaron el mismo 7 y los mantuvieron refrigerados hasta el 13.

Antes de matarlos, a Forza lo obligaron a tomar cocaína y a Bina le cortaron la oreja derecha.

Entonces, sí, los ejecutaron uno por uno.

Solo ellos saben quién fue el primero y quién el último. Solo ellos saben quién debió soportar la tortura de ver caer a sus amigos a su lado sin posibilidad de hacer algo al respecto y con la certeza de que pronto sería el siguiente.

La última llamada

«Hola, Sol, esperá que me está siguiendo el ‘Enano'». Forza y su mujer hablaron varias veces el 7 de agosto de 2008, pero eso fue lo último que le alcanzó a decir antes de cortar. Ella tenía trámites que hacer en el centro porteño y él tenía agendada varias reuniones.

Ferrón y Bina también se comunicaron bastante con sus allegados. De pronto, casi en simultáneo, sus teléfonos y el de Forza dejaron de funcionar minutos antes de las 16 en General Rodríguez, en la zona oeste del conurbano bonaerense.

Muy lejos de allí, mientras patrullaba el barrio de Villa Santa Rita, el oficial Cristian Alberto Sutil Barrios vio una camioneta roja ardiendo en la calle Galicia 2789. Eran las 20.20. De inmediato convocó a su compañero, el subinspector Luis Andrés Mendoza, de la comisaría 50 de la Policía Federal (PFA), y a los bomberos del Cuartel VII de Flores.

No dudaron: el incendio fue intencional.

La camioneta quedó destruida.

A pesar del fuego voraz, pudieron rescatar varias cosas casi intactas: dos credenciales de legítimo usuario de uso civil condicional sobre una pistola semiautomática modelo Taurus calibre 9 milímetros y sobre otra pistola semiautomática modelo Tanfoglio calibre.40 milímetros Smith & Wesson. Y la corredera con su respectivo tubo cañón de la Taurus sin numeración visible. El cargador estaba vacío.

Eran las armas de Forza.

Había más: cheques y más cheques por un total de 52.206 pesos, la cédula verde del vehículo a nombre de otra persona y un DNI.

El documento era de Ferrón.

Algo les había pasado a los dos.

Esa misma noche, Lorena San Marco, secretaria de la fiscal Ana María Yacobucci, ordenó revisar las cámaras de seguridad de la zona, averiguar si las pistolas tenían pedido de secuestro y tomar declaración a la titular del vehículo patente DXP095.

A las 22.35 comenzó la búsqueda de Forza y Ferrón.

Si bien esas primeras medidas de prueba eran de rigor, en la fiscalía no se imaginaban lo que estaba pasando. Si hasta pidieron convocar a Forza para que declarara.

Dos horas después, enterada de que la familia de Ferrón había denunciado la desaparición, ordenaron buscarlo en los hospitales y en el Centro de Orientación a las Personas (COP) y dispusieron hablar con los allegados y con el socio de la farmacia. Pero Damián no estaba internado ni desorientado.

Pasada la medianoche, Diego, el hermano, se acercó a la comisaría. Lo recibió el comisario José Fernando Gabela, al que le contó lo poco que sabía: «Me dijo a las 14 que iba a visitar a un cliente. Que estaba por el Auchan de Quilmes. A las 16 quise comunicarme de nuevo, pero no respondió mis alertas. Después saltaba que su número no se encontraba disponible. Mi cuñada me llamó a las 22 porque no había podido hablar con él en todo el día y no había vuelto a la casa».

Cuando le preguntaron por los cheques tirados en la camioneta, Diego aclaró que no eran de Damián sino del socio Salerno.

Tras los dichos del hermano de Ferrón en la comisaría, la secretaria de la fiscal reiteró el pedido para que declarara Forza.

Después, por fin, requirió con carácter de urgente que las empresas telefónicas informaran la actividad del celular de Ferrón, las zonas de coberturas por las que pasó, las celdas en las que impactó y la última antena que lo tomó. No muy lejos de allí podía estar.

A primera hora del viernes, Solange denunció en una comisaría de Pilar que Forza, su marido, tampoco había regresado a casa. La fiscal Yacobucci convocó a las dos familias para que le explicaran cuál era la relación comercial. Necesitaba algún dato, por más intrascendente que pudiera parecer, para orientar la búsqueda.

A la fiscalía fueron todos: la pareja, el hermano, el tío y un amigo de Ferrón, la esposa de Forza y también Salerno, socio de Ferrón en la farmacia y conocido de Forza.

El hermano de Ferrón repitió ante Yacobucci lo que le contó la mujer de Forza: que los chicos tenían un «negocio en común» aunque no sabía de qué se trataba y que «un tal Julio Pose, de la SIDE, los estaba presionando esta semana».

De su parte agregó que quizás todo podía ser un ajuste de cuentas vinculado a Salerno: «Me resulta extraño que él no sepa nada».

Solange le informó a la fiscal que varios proveedores los habían amenazado entre diciembre y febrero: «Marcelo Abasto, a través de un barra de Boca, nos mandó a decir: ‘Paga, paga, no te hagas la boluda, paga o te va a pasar algo’. Esteban Pérez Corradi también lo amenazó, pero no recuerdo lo que le decía, pero Sebastián dijo que le tenía miedo y por eso iba a hacer la denuncia. Carlos Loureiro también nos advirtió: ‘No se hagan los boludos, paguen’. Por eso apareció Julio César Pose, empleado de la SIDE, que nos ofreció protección a cambio de dinero. Mantuvimos esa protección hasta hace un mes porque estábamos más tranquilos. Él desapareció un mes hasta la semana pasada, me llamó varias veces el 30 de julio, me pidió hablar con mi marido, ‘que era un cagón, un hijo de puta, que lo iba a meter en quilombos’. Le avisé y me dijo que le iba a hacer una denuncia, pero por cámara porque en la comisaría se la iban a borrar, pero no sé si la hizo».

Luego de escuchar a los familiares, Yacobucci pidió el viernes la colaboración de la Dirección de Observaciones Judiciales de la Secretaría de Inteligencia (SIDE): «Tengo el agrado de dirigirme a usted a fin de solicitarle que en forma urgente remita a esta fiscalía las celdas y el lugar de ubicación de las mismas que utilizaran los teléfonos terminados en 3872, 9308 y 6897 desde el 6 de agosto de 2008 hasta la fecha».

Esa misma tarde, el jefe de la Ojota, como los espías llamaban graciosamente a esa dirección, le adelantó que el celular de Ferrón terminado en 6897 había impactado a las 12.30 del 7 de agosto en la antena de la calle Juan de Solís 3660, Sarandí, a las 13 en la de Nicolás Videla 321, Quilmes, y, por último, a las 19.20 en la de San Andrés y San Pedro, General Rodríguez.

Con esos datos sobre la mesa, la fiscal le tomó declaración a Salerno, que se hizo cargo de los cheques en la camioneta de su socio, pero aseguró desconocer el motivo por el cual Ferrón y Forza pudieran ir a Sarandí, Quilmes o General Rodríguez.

Pero los desaparecidos no eran dos, eran tres.

La mujer de Bina iba de aquí para allá preguntando por su marido hasta que por fin dio con el comisario Gabela, al que le explicó que Leo tenía pensado encontrarse el jueves con Sebastián y que eso fue lo último que supo de él.

Mientras tanto, alguien estacionó el auto de Forza en la calle Solís 1055, Constitución, dejó las llaves puestas y se fue. Era un Peugeot 206. En frente había una cámara de seguridad, pero no captó nada.

A las 20.30, el jefe de la Ojota agregó que el otro teléfono de Ferrón finalizado en 3872 registró dos llamadas el día en cuestión: a las 12.38 y a las 16.11 –la última de la jornada– con impactos en la antena de la calle Molinedo 1190, Villa Diamante. Otra vez Quilmes en el radar.

Entonces, la Federal preguntó en Quilmes y General Rodríguez, pero la Bonaerense no tenía novedades.

Solange llamó el domingo a la fiscalía para aportar una pista: Pose, el de la SIDE, le sugirió apuntar a «Pérez Corradi y los mexicanos». Pero en la fiscalía no tuvieron mejor idea que contestarle que Forza, Ferrón y Bina «seguro se fueron de joda el fin de semana».

El lunes 11 de agosto, los familiares de Ferrón tenían que volver a la fiscalía, pero primero pasaron por la comisaría. El comisario Gabela los recibió ya con una hipótesis: les mostró un informe financiero sobre un exsocio de Forza que tenía 600 cheques rechazados por falta de fondos. «Esto fue obra de Pérez Corradi», concluyó mientras agitaba una foto de su cara. «Esta es la persona que tengo que buscar, tengo preparados los grupos, pero la fiscalía no me da la orden, me dijeron que me corra, que esto es muy pesado».

El miércoles 13, tras seis días de angustia, el caso llegó a la tapa de Clarín: «Desaparecen en forma misteriosa tres jóvenes empresarios».

A la tarde, un hombre a caballo encontró tres cuerpos a la altura del kilómetro 11 del camino a Navarro, General Rodríguez.

Solange fue de las primeras en llegar al lugar. Rompió en llanto. Eran ellos. Poco a poco, la zona se llenó de autoridades y periodistas.

A las 19.07, el jefe de la Policía Bonaerense, Daniel Salcedo, confirmó públicamente lo que aquel 13 de agosto de 2008, ya caída la noche, pasó a la historia como el triple crimen de General Rodríguez: «Esto podría ser la escena del crimen primaria».


* Extracto de Operación Crystal, el expediente secreto sobre el triple crimen (Ceruse, Agustín y Ferrón, Diego. 2023. Editorial Dunken).

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