Del «Chapo» Guzmán y Sinaloa a «Nacho» Coronel y Jalisco: la historia de los cárteles mexicanos en la «plaza» argentina

La historia de los cárteles de Sinaloa y Jalisco en la Argentina

Probablemente era uno más, pero fue uno importante porque lo abatieron. Y porque, con su muerte, la historia del narcotráfico cambió. Para siempre.

Esta es la historia de Ignacio Coronel Villarreal, alias «Nacho», y todo lo que vino después de aquel 29 de julio de 2010 en el que soldados del Ejército terminaron con su vida en su hasta entonces «casa segura» de Guadalajara, Jalisco. Esta es la historia de los últimos diez años del Cártel de Sinaloa y de los diez primeros del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG). Diez años que sacudieron a México y también a la Argentina.

Estados Unidos lo ubicaba tercero en la línea de mando, solo por detrás de Ismael «Mayo» Zambada García y Joaquín «Chapo» Guzmán Loera, de allí que ofreciera una recompensa de 5 millones de dólares por su captura, pero del otro lado de la frontera no parecía ser más que un jefe de plaza aunque de una importante: Guadalajara, capital de Jalisco. De allí controlaba operaciones en estados próximos, como Michoacán y Colima, con sus puertos claves, Lázaro Cárdenas y Manzanillo. Por allí movía los precursores químicos que le dieron la fama de «Rey del Ice«.

Pero antes que él estaban otros capos en la línea sucesoria. De hecho, «Nacho» no se inició en el mundo del narcotráfico con Zambada y Guzmán sino con Amado Carrillo Fuentes, amo y señor de los cielos de Ciudad Juárez y El Paso, uno de los primeros en lavar activos en la Argentina, alrededor de 21 millones de dólares, que no pudo disfrutar porque murió el 4 de julio de 1997 en una camilla del Hospital Santa Mónica en medio de una cirugía plástica con la que pretendía cambiarse la cara para confundir a las autoridades. Solo después Coronel saltó del Cártel de Juárez al de Sinaloa.

Las vueltas de la vida quisieron que su sobrina Emma Coronel Aispuro se casara con tal solo 18 años nada menos que con «Chapo» para sellar con sangre la unión de las dos familias narcos. Los Coronel ya eran un clan: Inés Coronel Barreras e Inés Omar Coronel Aispuro, padre y hermano de Emma, terminarían condenados por traficar marihuana. Todos al servicio de Zambada y Guzmán. Y todos los Coronel presos, también la modelo.

Al igual que los de Juárez, los de Sinaloa también pisaron suelo argentino. Depende a quien se le pregunte, es posible recibir como respuesta que por Buenos Aires se movieron desde Dámaso «Licenciado» López Nuñez hasta el mismísimo «Chapo». En los expedientes judiciales, sin embargo, solo se confirmaron operaciones de contrabando de efedrina de rangos medios que nunca confesaron ser del cártel, aliados o rivales, como Juan Jesús Martínez Espinoza, Rodrigo Pozas Iturbe y, como publicó Encripdata el 10 de diciembre de 2020, las familias García Mena y Juárez Lima.

La «ruta de la efedrina» dejó tres muertos: Sebastián Forza, Damián Ferrón y Leopoldo Bina; cuatro condenados: Martín y Cristian Lanatta y Víctor y Marcelo Schillaci; y dos interrogantes: quién ordenó el triple crimen de General Rodríguez y para qué cártel traficaban los mexicanos.

El autor de esta nota también reveló el 18 de diciembre de 2018 en TN.com.ar que el colombiano Jorge Milton Cifuentes Villa reconoció ante la Corte Federal de Brooklyn que sus hermanos «Alex y Dolly les suministraron efedrina a Guzmán» al moverla por Argentina.

El propio Alex Cifuentes Villa confesó en el «juicio del siglo» que traficó para «Chapo» a través de su novia, la modelo colombiana Angie «Diamante» Sanclemente Valencia, condenada en la Argentina justamente por llevar valijas con cocaína en vuelos a Ciudad de México.

La historia del Cártel de Sinaloa cambiaría el 29 de julio de 2010 con la muerte de «Nacho». Hasta ese momento, para blindar la plaza, Coronel estaba asociado con Óscar Orlando Nava Valencia, alias «Lobo», líder del Cártel del Milenio, capturado el 28 de octubre de 2009 también en Guadalajara por soldados del Ejército. Las caídas de Coronel y Valencia en tan poco tiempo provocaron la ruptura del Cártel del Milenio en Michoacán: sus herederos se aliaron con el Cártel del Golfo, el de Sinaloa y la Familia Michoacana para evitar que Los Zetas, de Miguel Ángel Treviño Morales, alias «Z-40», brazo armado escindido del cártel de Jorge Eduardo Costilla Sánchez, alias «Coss», en Tamaulipas, se expandieran a otros estados.

Por eso se hicieron llamar Los Matazetas. La historia de su enfrentamiento con Los Zetas tuvo un antes y un después en vida de Coronel: en abril de 2010, tres meses antes de que los soldados del Ejército lo encontraran, los hombre de «Z-40», por órdenes del Cártel de los Beltrán Leyva, secuestraron a uno de sus hijos, Alejandro Coronel Mardueño, que de tan joven, solo 16 años, no llegó a tener apodo al momento de su ejecución. Los Beltrán Leyva y Zambada y Guzmán se conocían demasiado bien: habían sido socios. Los Zetas, tras romper con los del Golfo, cumplieron con el encargo de los Beltrán Leyva porque a los dos les interesaba debilitar al jefe de plaza de los de Sinaloa en Jalisco. Y vaya si lo lograron.

Pero la Resistencia, el pacto entre el Golfo, Sinaloa y la Familia Michoacana, duró poco porque todos querían controlar Jalisco: así nacieron los Torcidos.

Uno de los torcidos, tal vez el más torcido, era ni más ni menos Nemesio Oseguera Cervantes, alias «Mencho», que tenía todo lo que tenía que tener un narcotraficante que se aprecie de tal: un paso por una fuerza de seguridad mexicana y una ficha prontuaria estadounidense. Y también un grupo de confianza donde delegar responsabilidades: la de su esposa Rosalinda, integrante de una familia de 18 hermanos, el clan González Valencia.

Los González Valencia, más conocidos como Cuinis por la cantidad de hermanos, manejaban las finanzas de la organización. Uno, Gerardo González Valencia, siguió los pasos del «Señor de los Cielos» y de los traficantes de efedrina al instalarse en Buenos Aires.

La presencia de los Cuinis en la Argentina fue detectada por casualidad el 10 de marzo de 2009 cuando cuatro mexicanos que respondían a las órdenes de Gerardo chocaron su Chevrolet Astra en Puerto Madero. De ese simple accidente de tránsito, el juez Néstor Barral y el fiscal Sebastián Basso descubrieron que González Valencia no solo vivía con su esposa e hijos en un lujoso edificio sino que llevaba lavados 1,8 millones de dólares a través de Círculo Internacional SA. Pero de un día para el otro se mudó a Uruguay, donde finalmente cayó por lo mismo, aunque las autoridades de ese país prefirieron extraditarlo a los Estados Unidos para sacarse de encima a un criminal de alto riesgo.

Pero cuando Barral y Basso preguntaron sobre el origen de los Cuinis, las autoridades mexicanas no supieron qué responderles. Tal vez el juez y el fiscal argentinos fueron los primeros en descubrir al Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG). O tal vez Gerardo, mientras estuvo en Buenos Aires, respondía, «Mencho» mediante, al Cártel de Sinaloa o a alguna de las facciones que se disputaban Jalisco.

Recién en 2015 los investigadores mexicanos les enviaron a sus pares argentinos pruebas de la existencia del CJNG: se trataba, como reveló el autor de esta nota en Milenio, de la sentencia firme de un tribunal de Zapopan a María Teresa García Vázquez, expolicía municipal de Ciudad Guzmán, a 15 años de prisión por «delincuencia organizada». El Departamento del Tesoro de los Estados Unidos incluyó ese mismo año a 21 integrantes del cártel, los Cuinis y 22 empresas en la «Lista Clinton» por sus vínculos narcos.

Pero eso no fue suficiente: el Departamento de Justicia de los Estados Unidos declaró en 2018 al CJNG como la quinta organización criminal transnacional más peligrosa del mundo. Dos años después, lo tuvo que elevar al tercer lugar por su penetración en todos los continentes, solo por detrás de las mafias rusas y chinas y por delante de sus rivales de Sinaloa, que los vieron nacer frente a sus narices y crecer a sangre y fuego de la mano del ahora uno de los prófugos más buscados por la Administración de Control de Drogas (DEA): el «Mencho».

La Argentina también va con la Interpol tras cuatro operadores de Gerardo, cuñado de Nemesio, por ayudarlo a lavar dinero: se trata de Francisco Marzio Medina González, Pedro Merced Medina Lizarraga, Julio César Alegre Ortega y Rodrigo Lepe Uribe.

Por su parte, las autoridades mexicanas buscan, o deberían hacerlo, a un chef que creyó en las promesas de los Cuinis de tener un futuro mejor en su restaurante de Puerto Vallarta en vez de quedarse en su Entre Ríos natal. Desde junio de 2013 que la familia no sabe nada de Federico Tobares.

A todas las facilidades que los traficantes mexicanos encontraron en territorio argentino no faltaron los blanqueos de capitales. Desde el regreso de la democracia, cuatro presidentes los instrumentaron cinco veces: Raúl Alfonsín en 1987, Carlos Menem en 1992, Cristina Kirchner en 2009 y 2012 y Mauricio Macri en 2016. Si Amado Carrillo Fuentes lavó activos a través de Mercado Abierto, una financiera ligada a la política, el CJNG lo hizo a través de la Ley 27.260 de Sinceramiento Fiscal.

La historia de los cárteles de Sinaloa y Jalisco con la Argentina y sus traficantes y lavadores, lejos está de terminarse. Alguien, en estos momentos, la sigue escribiendo.