Conexión Serbia: qué hacen los «Tigres de Arkan» en Buenos Aires

Luka Bojovic, los "Tigres de Arkan" y la Argentina

Luka Bojovic, los "Tigres de Arkan" y la Argentina. Crédito: EFE.

El hombre se bajó del auto, caminó lento por la vereda para identificar a través de la ventana a su contacto, respiró profundo y entró. No era la primera vez que lo veía, pero esta vez era distinto. Su jefe se había portado mal con su interlocutor. Pero ese tipo ya había pasado a mejor vida. Ahora estaba él solo, con sus temores y, por sobre todas las cosas, con sus intereses. Su contacto le presentó a otros tres. No eran argentinos sino serbios, pero hablaban dos idiomas universales: el del dinero y el de la cocaína. Eran los representantes de los «Tigres de Arkan» en Buenos Aires.

Tras la desintegración de Yugoslavia, su Ejército creó la Guardia Voluntaria Serbia (GVS) para intentar fundar un estado para los serbios cristianos. Su jefe fue Željko Ražnatović, alias «Arkan», hasta entonces barra de Estrella Roja. La batalla campal de sus hinchas con los del Dinamo Zagreb en 1990 sería una pequeña muestra de lo que sucedería desde 1991. Los soldados al mando de Ražnatović se hicieron llamar «Tigres de Arkan», pero la Justicia los denominó criminales de guerra a secas por limpiezas étnicas como la de Srebrenica. Un sicario ejecutó al barra-militar el 15 de enero de 2000 en un hotel serbio. La guerra terminó en 2001, pero los «tigres» pasaron en manada del negocio de las armas al del narcotráfico.

Sobre los herederos de «Arkan» hay leyendas de todo tipo. Tal vez la más bestial sea la que hizo conocido en todo el mundo al último de sus jefes, Luka Bojovic, que, siempre según el mito urbano, mató a martillazos a uno de los suyos, Milan Jurisic, en marzo de 2009 en Madrid, España, donde se habían escondido porque las fuerzas de seguridad de Serbia los buscaban por el magnicidio de Zoran Djindjic, ocurrido el 12 de marzo de 2003 en Belgrado, en venganza por haber entregado a Slobodan Milošević al Tribunal Internacional de La Haya para que fuera juzgado por crímenes de guerra.

«Slobo», artícife de los «tigres», murió repentinamente el 11 de marzo de 2006 en su celda tras sufrir un infarto.

Bojovic, por su parte, no solo asesinó a Jurisic sino que descuartizó el cuerpo con una motosierra, cocinó algunas partes, se comió la próstata y tiró los huesos al río Manzanares. De hecho, los policías encontraron allí los restos hundidos en bolsas. Eso es lo que los reclusos se cuentan entre sí en voz baja cada vez que Luka deja ver el tigre tatuado sobre su corazón. Pero no fue condenado por eso porque las pruebas sugerían otra hipótesis. La Sección Tercera de la Sala de lo Penal solo lo sentenció en 2014 a 18 años de cárcel como «integrante de la organización criminal».

Sus sicarios no tuvieron tanta suerte: a uno lo consideraron el autor material del crimen y a los otros dos, encubridores.

A Bojovic le queda un buen rato en el Centro Penitenciario Teixeiro, pero los «Tigres de Arkan», también conocidos como clan Zemun por el origen de varios de sus referentes, continúan operando.

De hecho, una de sus células hizo un viaje relámpago a Buenos Aires algunos años atrás para contratar los servicios de uno de los argentinos que más contactos tenía en el mundo criminal a nivel internacional: Diego Xavier Guastini, alias «Manganga» para unos, «Dolarín» para otros, dueño de una de las «cuevas financieras» más importantes de la Argentina, la de la calle Florida 520, con llegada a la Agencia Federal de Inteligencia (AFI).

Encripdata pudo confirmar la historia que sigue a partir de tres fuentes que conocen los negocios ilegales del microcentro porteño.

Guastini sabía moverse en el puerto de Buenos Aires y tenía contactos en el de Montevideo. Los «tigres» lo sabían: necesitaban de su ayuda para recuperar un cargamento perdido en Uruguay y Hamburgo, Alemania. No era cualquier tipo de cocaína: tenía bajorrelieve el sello de «Tony» Montana.

«Manganga» no solo no les cumplió a los serbios sino que advirtió sobre su presencia ante la Procuraduría de Narcocriminalidad (Procunar) al declarar como «arrepentido» en otros casos narcos aunque se refirió a ellos simplemente como yugoslavos.

Por aquella época, la Agencia Nacional del Crimen del Reino Unido alertó a las fuerzas de seguridad sobre la reunión del 19 de enero de 2015 entre el lituano Virginijus Narauskas, un serbio y dos franceses en la zona del Abasto. El objetivo era organizar un envío de cocaína entre Perú, Argentina y Europa.

Narauskas era uno de los contactos internacionales de Gustavo Sancho. Otro de sus contactos era el serbio Goran Popovic, alias «Melgar Eterovic David», asesinado en 2014 en Bolivia tras una operación de 3 mil kilos de marihuana a su cargo que salió mal en Chile. Sancho, por su parte, espera en la cárcel el inicio del juicio por triangular cocaína entre Bolivia, Paraguay y localidades argentinas.

En su época dorada, los Sancho abrieron La Casuca en la calle Cuenca 13, San Pedro Alcántara, Málaga. Lo administraba la esposa del narco, Claudia Bibiana Espíndola, junto con su amiga canaria, Nuria Santana Lucas. Las mujeres promocionaron la parrilla en el programa de televisión «Estate al loro». Creer o reventar, a solo dos cuadras de allí, un sicario bajo las órdenes de Amir Faten Mekky ejecutó el 12 de mayo de 2018 a David Ávila Ramos, como publicó El Mundo. Con tan solo 23 años, a Mekky, joven danés con ascendencia iraní, lo acusaron de otros 18 crímenes.

Ávila Ramos, alias «Maradona», era uno de los contactos de Guastini en la «Costa del Sol», una de las puertas de entrada a Europa. Sancho y Guastini se conocían. El submundo criminal es muy pequeño. Más en la Argentina.

Poco tiempo después, el 28 de octubre de 2019, otro sicario acribilló al propio Guastini mientras manejaba su Audi en Quilmes.

Los «Tigres de Arkan» volvieron a pisar suelo argentino en noviembre de 2020 para reunirse con un contacto. Este hombre se bajó del auto, identificó al que lo había convocado y entró al bar de Palermo. Su anfitrión no estaba solo: otros tres serbios lo acompañaban. Rompió el hielo, tanteó la situación y por fin entregó una carpeta: los dólares cambiaron de manos. El invitado se despidió con una promesa: no traicionarlos como su contacto anterior.

Daniel Fernando García Acuña, alias «Uruguayo», el sucesor de Guastini en la «cueva» de Florida 520, se retiró con una sonrisa del tamaño del pacto realizado.